“ELLA”
Juan Carlos Onetti
1-
¿Quiénes
son los personajes? ¿Por qué el uso de pronombres? ¿A quiénes refieren?
2- ¿Qué conflicto
enfrenta a los de arriba con el de abajo?
3- ¿Qué significa que El
esté fuera del cuadro, sin intervenir? ¿Qué acciones lo definen?
4- ¿Cuál es el tema del
cuento? Elegí uno y fundamentá tu decisión: la muerte de Eva – el
embalsamamiento – el poder
5- ¿Qué significa necrófilo? ¿Quiénes son en el cuento?
6-
¿Cuál
es el elemento fantástico en esta narración?
“EL SIMULACRO” Jorge Luis Borges
1-
¿Por
qué se llama así el cuento?
2- ¿Qué importancia tiene
el espacio en blanco al medio?
3- En la obra se habla de
dos farsas: enunciarlas.
4-
Explicar
atendiendo a la segmentación del
subrayado:
“ (Perón
y Eva) figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una
crasa mitología”
“ESA MUJER”
Rodolfo Walsh
1-
¿Cuáles son los hechos históricos que referencia la ficción literaria?
2-
Parafrasear esta expresión :”Si la encuentro,
frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas
vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como
una arrastrada, amarga, olvidada sombra.”
3- En la
obra se eluden los nombres propios, y hay eufemismos como “ellos”, “los
roñosos”, “aquello” : Identificar a quién o qué sustituyen y buscar otros
ejemplos.
4- ¿Por
qué crees que se elige ese recurso de no nombrar?
5- ¿Es
posible hablar de un ejercicio de poder en el cuento? ¿Por qué?
6- ¿Se
puede descubrir una mirada política en
los hechos narrados? ¿Cuál sería y por qué te das cuenta ?l
“AQUEL PERONISMO DE JUGUETE” Osvaldo Soriano
1-
Nombrar
hechos de la historia nacional aludidos en el cuento.
2- Marcar en el texto
niñez – adolescencia – madurez del protagonista.
3- ¿Cómo se corresponden
las etapas de su vida y su relación con el peronismo?
4- ¿Por qué Perón es
llamado “El mago”, “El General” y luego sólo por su apellido.
5-
¿Qué
significado tiene la palabra juguete en la historia? ¿Qué connotaciones permite
el título?
Cuento : "EL
SIMULACRO" Jorge Luis Borges
En
uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del
Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara;
la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por el que representaba o ya
era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armó una
tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo
rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores
alrededor. La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos,
peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja
y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, muy compungido, los
recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer
encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba
con entereza y resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente
posible. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no
les bastó venir una sola vez.
¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología.
LA SEÑORA
MUERTA - David Viñas
—No me gusta el olor de la goma mojada — fue lo primero que dijo esa
mujer.
Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como lo había estado
observando hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a medias
contra la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. “Levante”, se
dijo. “Levante seguro”, y le sonrió:
—No es goma lo que se está quemando.
—Ah, ¿no? —esa mujer lo miraba con desconfianza— ¿Qué
es entonces?
—Inmundicias —murmuró Moure con malestar.
—¿Y de quién?
—De todos... de todos los de la cola. Hace dos
días que vienen haciendo lo mismo.
Desde atrás, los que estaban en medio de la
penumbra que flotaba sobre la calle, los empujaron para que avanzaran: ella se
dio vuelta, apenas molesta de que la tocaran o de que le arrugaran el vestido,
murmuró Ya va, ya me di cuenta, qué tanto, y avanzó unos pasos
ceremoniosamente. Se había apoyado contra la chapa de un hotel y se miraba en
el reflejo: era un enorme cuadrado de bronce y Moure advirtió que se palpaba
los labios.
—¿Le duelen? —se le acercó.
—No. Estoy despeinada.
Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la
reflejase deformada, con una boca más ancha y unos ojos estirados.
—Usted no tiene esa boca— señaló Moure.
Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si
estuviera en un parque de diversiones, con la desconfianza de un chico o de un
provinciano:
—Sí, tengo una boca de muñeco —se juzgó con un
aire despreciativo.
—No, no...— protestó Moure.
—Pero me gusta tener una boca así.
Unos metros más adelante se fue levantando un
murmullo que aumentó la densidad y se prolongó un rato, como un moscardoneo.
“No me puede fallar”, se propuso Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con
una pañoleta se le arrodilló delante, agachada la frente y parecía rezongar con
una confusa irritación mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de
nuevo, la mujer se fue arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear
eso que decía, sin dejar de frotarse las manos.
—Rezan, ¿no?
—Sí —dijo Moure.
—Ah...—ella se persignó y lo hizo con torpeza,
velozmente; parecía alarmada y miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el
ruido de un avión y tratara de localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se
veía nada. Después se tranquilizó, lo miró a Moure, se sonrió a medias,
agradecida de algo y apoyó la cabeza contra la chapa del hotel.
—¿Está cansada? —la sostuvo Moure mientras se repetía
“No me falla; no me puede fallar”. Al fin de cuentas, él había ido a la cola
para eso.
Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería
decir ni que sí ni que no, solamente que no estaba segura.
¿Quiere irse?
—Cuando me sienta bien cansada.
Moure le oprimió el brazo:
—Pero mire que tenemos para rato.
Ella frunció las cejas:
—¿Lo dice en serio?
—Yo siempre hablo en serio.
—¿Y cuánto dice que falta?
Moure miró hacia delante y calculó dos cuadras,
tres, una mancha larga que se estremecía en medio de la penumbra, los de atrás
que volvieron a empujar con una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que
seguía murmurando algo que no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado
con una olla humeante que brilló bajo el farol:
—Unas tres horas —dijo.
—¿Tanto?
Moure presintió que a ella no le interesaba mucho
—Y, hay mucha gente —reflexionó.
—A la gente le gusta.
—¿Estar en la cola?
—Sí —dijo ella con desgano. Le gusta esperar algo,
cualquier cosa...
La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse
con lo que rezaba, cabeceaba y fruncía la frente. “Esta noche no puede
fallarme”, seguía pensando Moure. Y toda esa fila avanzaba muy lentamente,
mucho más despacio que en una procesión. Moure calculó: allá adelante estarían
por cruzar un puente, se le habrían roto las ruedas a un carro o el caballo se
habría muerto en medio de la calle. Algo así pasaría. “Seguro”. Y había tan
poca luz con esos trapos negros que envolvían los faroles y todo era tan
borroso.
—¿Me permite? —ella se le apoyó bruscamente en
un brazo, se descalzó, primero un pie, después el otro, y se los sobó con unos
quejiditos de satisfacción. Pero cuando estaba en eso, volvieron a empujarla
para que avanzase y ella repitió Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo.
Me van a pisar, tengo los pies desnudos... La mujer de la pañoleta levantó un
momento la cabeza, verificó quién había dicho eso y siguió con su rezo.
—¿Un poco de sopa? —ofreció Moure.
—No —ella todavía estaba con los pies desnudos y
pugnaba por mantener el equilibrio y calzarse— Me aburre la sopa.
—¿Ni un poco?
—No.
Moure señaló:
—Pero mire que le están ofreciendo...
Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que
recogerla, tenía una cara adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló
a esa mujer, intentó sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un
parpadeo, entonces la miró humildemente pero ella había hundido las manos en
los bolsillos y sacudía los hombros:
—Me aburre la sopa —repetía— De chica, me la
hacían tragar: de arvejas, de sémola, de verduras... Era un asco.
Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas
veces antes de encenderlo. “Papa comida”, se felicitó. Estaban muy cerca de uno
de esos montones de basura que habían quemado y que soltaban un calor denso,
incómodo y un poco tembloroso; algunas personas salían de la fila, se
acercaban, la cara y el pecho se les enrojecían y se quedaban un rato
frotándose las manos como si estuvieran redondeando algo entre las palmas, un
poco de harina o de barro. Después volvían a la fila y les susurraban a los dos
que tenían al lado Vayan, vayan; no les dicen nada. Moure la codeó a esa mujer
y señaló: otro se despegaba de la fila con una carrerita parecida, casi
avergonzado, casi alegre.
—¿Fuma? —preguntó Moure.
Ella miró a los costados, atentamente, después
un poco a la mujer que seguía arrodillada y rezongando:
—¿Aquí? ... —y no sacó las manos de los bolsillos.
Moure encendió el cigarrillo y largó unas
bocanadas para que ella oliera: eso era bueno, caliente y llenaba la boca y el
pecho. “Esto marcha solo”, se alegró. Ella le miraba la mano, sin indiferencia
y de vez en cuando le espiaba los labios y la nariz se le hinchaba como si le
costara respirar o como si todavía le molestara ese olor que había creído era
de goma quemada.
—¿A usted le gustaba? —dijo de pronto.
Moure se sobresaltó para largó una lenta bocanada:
—¿Quién?
—La señora... ¿Quién va a ser sinó?
Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo
acható y arrancó una hebra con la misma cautela con que se hubiera cortado una
cutícula; después levantó la vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría
unos veinticinco, no mucho más. “Si me la pierdo soy un ...” Pero no se la iba
a perder. Los de atrás empujaban, ésos no respetaban nada, no se dio por
enterado y siguió mirándola: el cuello, ese pecho tan abierto, el vientre y la
deseó bastante. Por fin dijo:
—Era joven...
—¿Usted cree que la podremos ver?
—Y, no sé. Habrá que esperar.
—Dicen que está muy linda.
—¿Sí?
—La embalsamaron. Por eso.
Había quedado un espacio entre ellos dos y la
mujer arrodillada.
—Hay que correrse— dijo ella como si tratara de
algo inevitable.
—Sí —advirtió Moure— Sí.
Y se quedaron mirando vagamente hacia delante:
la mujer de la pañoleta se puso de pie y estuvo un buen rato observándose y
tocándose las rodillas, un chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha
blanca sobre su mano y ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, esta vez
ofreciendo café, sin saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y
Moure le escrutó la cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo.
Nada más, dijo ella sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió que
era de piel el sacón que tenía porque lo rozaba contra el dorso de la mano y
pensó que le hubiera gustado acariciarlo con los dedos, con el pulgar sobre
todo, pero no se animó.
—¿Vio? —era ella que señalaba con el mentón
desganadamente.
Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que
orinaba al borde de la vereda y se sintió irritado, justamente irritado, porque
ése podría haber ido a otro lugar o se hubiese aguantado o, en último caso, no
se hubiera puesto en la fila, entre tantas mujeres, porque esas cosas siempre
pasan y uno debe saber lo que se puede aguantar.
—Está mal, ¿no? —murmuró.
Pero ella se había apoyado contra una vidriera y
bostezaba, olvidaba de sus pies y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias
veces, porque no fue un solo bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro
que la obligaron a fruncir la nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del
pañuelo.
—¿Tiene sueño?
Ella negó sin dejar de bostezar:
—Hambre tengo.
—¿Quiere...?
—Sí.
Y fue ella quien lo tomó del brazo y la que dijo
que subieran a un auto y fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo
único que exigió y no perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o
alguna ventaja. Se arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún
asombro las piernas de los que iban en las plataformas de los tranvías
iluminados, a uno que llevaba sandalias, a los que la miraban largamente sin
atreverse a sonreírse pero con muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se
detenía en cualquier bocacalle. Cuando un marinero se inclinó un poco para
verla mejor, ella golpeó con la mano en el vidrio. A ése lo espanté suspiró. Y
usaba un perfume de malva, un perfume de vieja o de casa con pisos de madera.
¿Y cuánto querés? y Lo que vos quieras y el auto siguió corriendo. Moure se
sintió agradecido, entusiasmado y le pasó el brazo sobre los hombros. Cerca,
¿no?, volvió a preguntar ella y Moure sacudió con la cabeza. Esa cola, la gente
que esperaba con tanta indiferencia, amontonados, pasivos, la calle en
tinieblas, él había esperado demasiado. Era lento y lo sabía, pero tampoco se
podía atropellar. Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen solas. Cuanto más
se piensa, sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera vez y Moure
advirtió que el chofer esperaba una nueva orden mirando el espejito, apenas
dijo A otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de toparse con una
puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente, cálidamente en entrar de
una vez y quedar a solas como dos chicos que se esconden dentro de un ropero
para que el mundo de los adultos tan ordenado y con tanta gente que mira se
desvanezca. Moure se empezó a irritar. No hay lugar —informaba el chofer— ¿Los
llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando vueltas por unas suaves calles
arboladas y ella empezó a reírse porque sentía las manos de Moure que le
oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como si fuera ella, es
decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo o una baranda o la
propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para secarse o para no caerse.
Por favor... por favor, repetía Moure y le estrujaba la carne. También estaba
la mirada del chofer, que delante de esos portones cerrados soltaba el volante
como para dar explicaciones porque él no tenía nada que ver con todo esto. ¿Los
llevo a otro? Sí. Pronto... Pero, pronto por favor. Y toparon con otro portón,
una gran tabla pintada de gris cerrada con un candado, y la risa de esa mujer
aumentó mientras Moure pensaba que lo que a ella le correspondía era quedarse
en silencio, tomarlo de la mano y tranquilizarlo o pasarle los dedos por las
sienes para que se le desarrugara la frente, pero las mujeres se ponen
nerviosas y no sirven para nada y por eso son mujeres. El coche había parado
por cuarta vez o sexta y el chofer repetía ese mismo ademán prescindencia.
—¿Todo está cerrado? —gritó Moure.
Los ojos del chofer apenas temblaron en ese
espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda.
—¡No te rías más, mujer! —la sacudió Moure.
Y ella sólo negó con la cabeza, sin hablar pero
con más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose la boca con una
mano.
—¿No se puede ir a otra parte? —Moure se había
tomado del respaldo del chofer.
—Y, no se...
—¿Nada hay?
—Más lejos...
—¿Dónde?
—En la provincia.
—¿Seguro?
—No; seguro, no.
—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó
Moure.
—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido,
conciliador— Es por la señora.
—¿Por la muerte de...? —necesitó Moure que lo
precisaran.
—Sí, sí.
—¡Es demasiado por la yegua ésa!
Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y
empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la
puerta.
—Ah, no... Eso sí que no. —murmuraba hasta que
encontró la manija y abrió la puerta— Eso sí que no se lo permito... —Y se bajó.
David Viñas
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Publicado en
David Viñas, Las malas costumbres, Ed. Jamcana, Buenos Aires, 1963.
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